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El recuperador de calor: caudales, filtros y por dónde van los conductos

El recuperador de calor: caudales, filtros y por dónde van los conductos

4 min de lectura Instalaciones

La ventilación con recuperación de calor es el equipo que más desconcierta de una casa pasiva, porque no tiene equivalente en una casa corriente. No es un aire acondicionado ni una calefacción: es lo que cambia el aire de la casa entera, todo el año, sin tirar por la ventana el calor que ya estaba dentro.

Qué hace exactamente

Dos corrientes de aire cruzan un intercambiador sin mezclarse. Por un lado sale el aire viciado de cocina, baños y lavadero; por otro entra aire nuevo de la calle hacia salones y dormitorios. Al cruzarse, el aire que sale le entrega su temperatura al que entra. En enero, con 2 °C fuera y 21 °C dentro, el aire llega a las habitaciones a unos 17 o 18 °C en lugar de a 2 °C.

Ese es todo el truco, y es la razón de que una casa pasiva pueda renovar el aire constantemente sin que se note en la factura.

Qué hay que pedirle

Rendimiento de recuperación por encima del 75 %, medido con el método del instituto que certifica el estándar, que es más exigente que el del fabricante. Los equipos buenos están entre el 80 y el 90 %.

Poco consumo eléctrico. Es la cifra que más se olvida. Una máquina con un rendimiento térmico excelente y ventiladores malos se come por electricidad lo que ahorra en calefacción. El valor de referencia está en torno a 0,45 Wh por metro cúbico movido.

Un buen bypass de verano, que es una compuerta para dejar de recuperar cuando no interesa: si a las seis de la mañana en agosto fuera hay 19 °C y dentro 26 °C, lo último que se quiere es calentar el aire que entra.

Protección contra heladas si la casa está en zona E1 o D, para que el intercambiador no se hiele con la humedad del aire de salida.

Cuánto aire mueve

Menos del que la gente imagina. El criterio normal son unos 30 metros cúbicos por hora y por persona, lo que en una vivienda de cuatro dormitorios sale alrededor de 120 a 150 m³/h en marcha normal. Eso equivale a renovar aproximadamente un tercio del volumen de la casa cada hora.

Dimensionar por encima es un error frecuente y tiene dos castigos: seca el ambiente en invierno y se oye. La máquina debe poder ir despacio casi siempre y subir sólo cuando haga falta, por ejemplo cuando hay visita o alguien está cocinando.

Los filtros

En la entrada de aire se monta un filtro fino, del tipo que retiene polen y la mayor parte de las partículas finas del exterior. Para quien vive en una ciudad con tráfico o tiene alergia, esto es lo que más se agradece de la instalación y casi nunca aparece en los folletos.

Hay que cambiarlos. Dos veces al año es lo razonable, y es prácticamente el único mantenimiento que la casa pide. Un filtro saturado no ensucia el aire, pero obliga a los ventiladores a trabajar más y se nota en el consumo y en el ruido.

Lo que hay que decidir durante la obra

Aquí es donde se gana o se pierde la instalación, y se decide antes de cerrar los techos:

Dónde va la máquina. Dentro del volumen aislado, siempre, y en un sitio al que se pueda llegar sin obra para cambiar filtros. Un armario accesible, no un falso techo cerrado ni un cuarto sin calefactar.

El trazado de los conductos. Cuanto más corto y más recto, menos pérdida y menos ruido. Los conductos deben ir también por dentro del aislamiento; si cruzan un espacio frío hay que aislarlos, y aun así es peor solución.

Los pasos de aire entre estancias. El aire entra en los dormitorios y tiene que poder salir hacia el pasillo, así que las puertas necesitan holgura por abajo o una rejilla. Es un detalle de dos euros que se olvida y deja la instalación a medio funcionar.

El equilibrado final. Terminada la obra hay que medir el caudal boca a boca y ajustarlo. Sin ese ajuste, lo que hay es una máquina puesta, no una instalación en marcha, y en esto se distingue una obra cuidada de una que no lo es.

En nuestras obras entregamos los caudales medidos junto al resto de la documentación. Si quieres ver una funcionando, dínoslo.

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